Jarre lebaniego



ANÍBAL GLEZ.-ARINTERO / París


Corría el mes de febrero del año 1998, quedaban escasos tres días para el cumpleaños de mi padre y yo me encontraba en un apuro. Decidí recurrir a la música como último recurso al problema. Al fin y al cabo, estaba más que acostumbrado en cada uno de nuestros tediosos viajes por el noroeste peninsular dentro del Opel Kadett familiar y a pesar de mi corta edad, a la escucha de todos esos sonidos que parecían proceder del espacio exterior y que en aquel entonces, se englobaban dentro de una corriente musical cuyos límites a día de hoy siguen sin estar bien definidos: el new age.

Oxygene 7-13 (también conocido como Oxygene 2) había sido publicado apenas unos meses atrás como la continuación del mundialmente conocido Oxygene, álbum que encumbró a nivel mundial al compositor francés Jean Michel Jarre, allá por 1976. Había oído hablar a mi padre sobre este artista en cada ocasión en que cotilleaba junto con la ayuda de mi hermano su afamada colección de vinilos. A pesar de ello, no sabía muy bien lo que compraba en ese momento, pero algo en mi interior me decía que seguro le gustaría. No me equivoqué.
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Jean Michel Jarre es considerado como el artista de los récords Guinness, de los conciertos de masas celebrados a lo largo de todo el globo, de los más de 80 millones de álbumes vendidos a lo largo de 40 años de carrera musical. Pero también hablamos de ese creador que consigue unir a generaciones separadas (y cada año más) por varias decenas de años de edad en cada uno de sus shows, o de algo tan emocionalmente placentero como conseguir que un treintañero retroceda en el tiempo hasta su niñez, por unos instantes, y un torrente de recuerdos y nostalgia inunde su sistema nervioso con cada tema que brota de los auriculares del smartphone.

Los espectáculos de Jarre son conocidos por congregar a miles de personas ante un enorme despliegue de luz y sonido 
El pasado 12 de diciembre tuve la enorme fortuna de experimentar esa sensación durante las dos horas de duración del concierto de fin de la gira Electronica World Tour 2016, celebrado en, según palabras del propio artista, “su casa”, París, desde hace un par de años, hogar también del autor de estas breves líneas. Dos horas de clásicos capaces de erizar la piel de los fans más adeptos, pero también de saborear por primera vez todo el material nuevo con el que nos ha venido obsequiando durante los últimos dos años, tras una larga sequía creativa de casi una década.
2017 parece que va a arrancar con más sorpresas por parte del músico natural de Lyon, una de ellas anunciada la semana pasada: el concierto previsto para el próximo 29 de abril en Liébana (Cantabria) con motivo de la celebración del Año Jubilar Lebaniego y que a priori, formará parte de un proyecto de grandes conciertos al aire libre previstos para el año que estamos a punto de estrenar. Si por algo se caracteriza Jarre (y tal como pude comprobar personalmente), es por su facilidad de adaptación al espacio, evento o situación en la que desarrolle sus artes en directo, y no me cabe la menor duda de que asistiremos a una puesta en escena acorde a la magnitud de la ocasión, tanto a nivel de espectáculo como emocional.

Un error hizo que se publicara que Jarre actuará en Santander; no será así, será en Liébana
Jarre es hijo del compositor Maurice Jarre, autor de célebres bandas sonoras como 'Lawrence de Arabia' o 'Doctor Zhivago' y fallecido en 2009. Hace unos días se refería a él en una entrevista: ahora que no está, me siento muy cerca de él y creo que de alguna manera estoy continuando la senda musical de la familia”.


Allá donde estés, gracias papá. Merci et à bientôt, Jean Michel.

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Anibal Glez.-Arintero es arqueólogo y en la actualidad reside en París, donde dirige la sede de la empresa de guías turísticos White Umbrella Tours en la capital francesa.

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